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Sugestivo: los medios de Poggi y Rodríguez Saá molestos por la campaña de Picco

El aparato comunicacional del gobierno provincial y el aparatito comunicacional de Claudio Poggi coincidieron en la sobreactuación de un berrinche contra la campaña de Enrique Picco, a quien acusaron de pintar paredes sin permiso y de colocar un cartel de cartón en Plaza Pringles. El Diario de la República ante la falta de “denuncias” o de críticas “por el bache”, “el basurero que no pasa” o “la frecuencia de Transpuntano” se conformó con despotricar contra “el biombo” desmontable que Picco desplegó frente a la Catedral, mientras que El Chorrillero, la web que responde a los intereses de Claudio Poggi y Gastón Hissa, gestionada por Facundo Santarone y dirigida por Daniel Miranda, criticó cual señoras a la hora del té, el blanqueo de paredes y las posteriores pintadas de la leyenda Picco Intendente.

Los Rodríguez Saá, quienes antes de las elecciones históricamente repartieron desde chapas, colchones y gallinas hasta electrodomésticos; que mandaron a repartir votos a la policía; que amenazaron a los beneficiarios del Plan de Inclusión a través de audios de Wathsapp y que usaron a la justicia y la prepotencia de la manera más descarada cada vez que los resultados no fueron los esperados, ahora pretenden imponerle a la campaña municipal criterios estéticos y de presunta ecuanimidad.


En la vereda de enfrente Poggi no se ha nutrido de mejores exponentes a la hora de bajar línea, porque tanto Santarone como Daniel Miranda no gozan precisamente de prestigio y autoridad a la hora de señalar con el dedito enhiesto y desde el púlpito de la ética. Santarone (que nadie puede asegurar a qué se dedica luego la salida deshonrosa de diciembre de 2015) armó un precario “multimedios” y al frente de El Chorrillero colocó a Daniel Miranda, uno de los periodistas que en la década del noventa –los peores años del rodriguezsaaísmo, los más violentos y los de la corrupción más impúdica- manejaban El Diario de la República, ariete con el que el Adolfo y el Alberto hostigaban a los opositores.


Los jueces en calzoncillos, la navidad sin Ponce, la división de la ciudad y la doble intendencia, pasando por el suicidio de Martín Tozzeto, la justicia de Sergnese, los latrocinios con la radicación industrial y la obra pública, La Mesa 4, son todas fotos que seguramente despiertan en la memoria de Daniel Miranda, como dice el tango, “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser”. Tanto Poggi como Santarone, Hissa y Miranda, luego de bañarse en las bautismales aguas de la oposición reclaman para sí la absolución definitiva de todos los viejos pecados, convencidos incluso de que los detalles de aquel turbulento pasado junto a los Rodríguez Saá es desconocido para las nuevas generaciones y ya es hora de declararlo prescripto.


La tercera pata del berrinche contra la cal y la pintura verde es Raúl Laborda, el devaluado pero siempre hábil operador político alguna vez socio de los Rodríguez Saá, otras veces símil opositor, que ahora salió a acusar al oficialismo municipal de “dividir a la oposición para darle la intendencia a Tamayo”, intentando instalar la idea de que si Enrique Ponce no quería ser acusado de “albertista”, solo tenía como opción entregarles los frutos de ocho años de trabajo a los advenedizos que secundan a Hissa.


Si El Diario solo encontró como único motivo de “denuncia”, el biombo de la plaza; si Santarone y Miranda no tuvieron más remedio que montarse sobre la bombita de olor tirada por Laborda, y si Laborda –especialista en dividir oposiciones- solo encontró como excusa para salir cinco minutos en los medios la "denuncia" de que le pintaron la una muralla, significa entonces que después de ocho años al frente de la municipalidad, Ponce puede irse por la puerta grande con la satisfacción del deber cumplido.