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Parque V Centenario. Millones en obras que nadie usa

En 1996, durante una de las giras institucionales donde Adolfo Rodríguez Saá intentaba convencer a la prensa las bondades de su gobierno, luego de una charla informal un periodista interrogó al ex gobernador acerca de por qué el Estado Provincial mantenía sometidos a los intendentes, a quienes les enviaba una mísera coparticipación que apenas les alcanzaba para pagar sueldos. La respuesta del Adolfo fue tajante: “No les mando la plata que necesitan porque se la roban”, dijo.


Los Rodríguez Saá durante 40 años han manejado de manera arbitraria los recursos con el objetivo de asfixiar a los intendentes opositores, maniobra que luego es completada cuando el gobierno les tira encima a los intendentes díscolos el aparato mediático armado alrededor del Diario de la República y el Canal 13 de televisión acusándolos de ineficientes.


Cuando Mirta Verbecke de Canta fue electa como intendenta de la Capital, Rodríguez Saá dio rienda suelta a su incipiente megalomanía y anunció que a partir de ese momento la Ciudad de San Luis despegaría de manera definitiva hasta ubicarse al nivel de la mejores metrópolis de la Argentina.


Nada de eso ocurrió, sino que los puntanos se tuvieron que conformar con la inauguración de una planta de efluentes que nunca funcionó, las reformas a la Plaza Pringles que dejaron tras de sí innumerables sospechas de corrupción, dos fuentes en avenida Lafinur que nunca funcionaron y que una de ellas fue demolida por la cantidad de accidentes de tránsito que causó y una planta potabilizadora que el Gobernador graciosamente “le regaló” a la intendencia.


La gestión de Mirta Verbecke coincidió con el apogeo de la radicación industrial y con la llegada aluvional de trabajadores de otras provincias quienes triplicaron la población de la Ciudad y pusieron en jaque a los servicios municipales; situación agravada a partir de 1993 con la construcción masiva y caótica de viviendas por parte del gobierno, sin infraestructura básica y en condiciones de desafío de permanente desafío a las leyes de la física. La Ciudad de La Punta fue la respuesta del gobierno ante la postura irrestricta de Carlos Ponce de que el Estado Provincial no podía continuar con la construcción de casas en cualquier parte y sin servicios adecuados.


Ante la certeza de la adversidad electoral de la Ciudad, los Rodríguez Saá concentraron las obras en Villa Mercedes pero antes dilapidaron sumas millonarias en construcciones inútiles que solo sirvieron como pretendidos trampolines electorales hacia instancias nacionales que resultaron siempre una sucesión de fracasos.


Cuando a los Rodríguez Saá se les ocurrió la peregrina idea de que podían llegar a presidir la Argentina, diseñaron la inversión de la obra pública de manera tal que el dinero de todos lo puntanos les garantizara una visibilidad nacional que sostuviera el slogan de “San Luis Otro País”. De ese modo en 1996 Adolfo Rodríguez Saá construyó en la costanera del Río Seco el Faro de la Sabiduría, un mirador vidriado que lleva ese nombre porque originalmente ese iba a ser el epicentro provincial de la red internet, con computadoras conectadas de acceso libre y a la vista de todos los viajeros que pasaban por la Ruta 7.


Poco duró el delirio del Adolfo porque al poco tiempo la falta de criterio y de controles adecuados dejaron el edificio a merced del vandalismo anónimo y el gobierno cerró el acceso del público para transformar el mirador en un centro de monitoreo de cámaras de seguridad sin ningún tipo de mantenimiento, al que no le quedan casi vidrios y con ascensores que no funcionan.


Un kilómetro hacia el oeste, también sobre la costanera del río, Alberto Rodríguez Saá dispuso la construcción de un Trinquete de Pelota Vasca que costó 13 millones de pesos en una provincia que, con suerte y viento a favor, reúne a 30 pelotaris. El estadio es uno de los mejores del país, pero desde que fue inaugurado en 2012 solo se disputaron allí dos campeonatos, que luego el gobierno dejó de alentar a raíz de la escasa concurrencia de público.


En línea recta hacia el oeste y a pocos metros del trinquete, como parte del Parque Cuarto Centenario el Adolfo construyó un anfiteatro para 2000 personas, donde nunca se realizó espectáculo alguno. Al lado del anfiteatro el entonces gobernador mandó a construir un edificio destinado a un centro cultural que albergaría un museo para diversas expresiones artísticas. Como la obra fue terminada y luego abandonada, finalmente a principio del 2000 ese edificio fue cedido para que allí funcione una escuela privada.


Lindante al anfiteatro que nunca funcionó, Alberto Rodríguez Saá para no ser menos que su hermano, se encaprichó en construir el Velódromo Provincial, una inmensa construcción de hormigón armado que, como fue apoyada sobre el lecho del río, constantemente sufre fracturas sobre la pista. El Alberto también quiso mostrarle a todos los viajeros sus delirios de emperador pero la obra quedó por la mitad, aunque disponga de alojamiento para 80 ciclistas, los fuertes vientos que azotan durante todo el año a la ciudad condicionan la realización de eventos ciclísticos importantes, que solo se realizan en San Luis cuando el gobierno echa mano a la billetera y afronta la totalidad de los gastos. Como el gobierno decidió no techar el velódromo, San Luis fue quedando marginada a la categoría de sede suplente a la hora de asignar los Campeonatos Argentinos, que por lo general se realizan en Mar del Plata o San Juan.


Al igual que sucedió con el berrinche de los Rodríguez Saá de postular a La Punta para la realización de los Juegos Panamericanos sin cumplir ninguno de los requisitos exigidos por el Comité Olímpico Internacional, en 2008 Alberto Rodríguez Saá anunció que la Unión Ciclista Internacional había asignado a San Luis una fecha de la Copa Mundial de Pista, pero el humo duró solo hasta que los expertos de la UCI visitaron el Velódromo Provincial y determinaron que no sirve para un evento de esas características y que si el Estado insistía en solicitar la fecha, debía primero construir un velódromo techado con pista de madera y luego pugnar por la fecha con la Ciudad de Medellín, Colombia, que históricamente realiza el evento.