• LPSL

Sentido homenaje de La Política en San Luis al Diario de la República

El Concejo Deliberante en los últimos años destina buena parte de las sesiones a “proposiciones de reconocimientos y homenajes” y la semana pasada el bloque Justicialista-K, con la ausencia de Piri Macagno, quien se escapó para no suscribir el reconocimiento, propuso que el homenajeado fuera El Diario de la República.

Fundado por Mario Hernando Pérez en 1966, El Diario de San Luis salió a la calle un mes antes del golpe de Onganía, pero fue durante la dictadura militar donde El Diario de San Luis produjo una parte de sus piezas más aberrantes, con elogios descarados a Jorge Rafael Videla, como así también a Emilio Eduardo Massera, a quienes ubicaba a la categoría de estadistas preclaros y dispuestos a dejar todo por la Patria. Es emblemático el suplemento destinado a la visita realizada por el genocida Videla a la provincia en noviembre de 1976, donde empresarios y comerciantes se deshacían en elogios a la dictadura, mientras en San Luis se sucedían los secuestros y los asesinatos de militantes políticos.

El 10 de diciembre de 1983 Adolfo Rodríguez Saá asumió la gobernación siendo un abogado pobretón, con un auto chocado y una casa hipotecada, con una esposa docente en el Colegio Nacional. Las finanzas de su hermano Alberto tampoco eran mejores porque apenas había conseguido desempeñarse hasta entonces como docente de nivel secundario. Sin embargo, apenas 8 meses después de hacerse con el gobierno, los Rodríguez Saá compraron El Diario de San Luis, el de mayor tirada provincial y -fieles a su megalomanía- al diario local y aldeano intentaron transformarlo en un diario de tirada nacional.

Alimentado con coimas de la radicación industrial y luego con la obligación impuesta por ley a los contratistas de obra pública de publicitar el equivalente al 10 por ciento del total del valor de la obra, los talleres gráficos del diario se transformaron en Editorial Marzo (porque iba a estar ubicada antes de Abril, una de las editoriales más importantes de la época).

El desconocimiento tanto de las reglas escritas como de las no escritas del mercado editorial determinaron que el escrache rastrero, la bajeza innecesaria y vengativa no prendieran en el público nacional. Entonces al poco tiempo el fracaso y la muerte natural de la iniciativa de vender El Diario de la República en todos los kioskos del país obligó a un repliegue silencioso y cabizbajo puertas adentro, donde los Rodríguez Saá lo siguieron usando para ajustar cuentas con sus enemigos.

Desde las páginas de El Diario Alberto Rodríguez Saá ajustó cuentas con la entonces intendenta Mirta Verbecke de Canta, con quien estaba peleado; luego los ministros del Superior Tribunal fueron ridiculizados en calzoncillos porque se negaban a bajarse los sueldos y porque se habían creído aquello de la independencia judicial. El Diario alentó el despido de 12 Secretarias judiciales sin sumario previo y aplaudió la destitución de juezas que habían firmado una solicitada alertando acerca del sometimiento del Poder Judicial.


A través de la Mesa 4 y de los recuadros grises el Diario construyó una lista negra permanente para escrachar a opositores y periodistas e impuso la ley del miedo, instalando la idea de que el que se oponga a los Rodríguez Saá terminará con su buen nombre destruido.

Desde los editoriales del Diario de la República, los Rodríguez Saá hicieron gala de un manejo temerario y descarado del Poder Judicial, a cuyos jueces y fiscales les bajaban órdenes diarias de cómo debían fallar en causas penales cuya finalidad no era otra que la persecución política y el uso obsceno de la intromisión en la vida privada de las personas, invadiendo la esfera de la intimidad y vulnerando derechos personalísimos de manera aberrante, con el solo objeto de mostrar poder.


Con la aparición de las redes sociales los Rodríguez Saá en apariencia han “civilizado” los modales de El Diario; sin embargo mantienen medios asalariados como por ejemplo Edición Abierta y Alberto Trombetta, quienes hoy realizan el trabajo sucio que en los noventa hacían los cuadraditos editoriales y la tétrica Mesa 4, un mentidero donde la mentira, el trascendido infame y la mala leche eran la materia prima.

La manipulación de la información como mecanismo de extorsión para quienes no se rinden ante la billetera, es parte de un patrón de comportamiento de los Rodríguez Saá, con el agravante de que se realiza con recursos del Estado, porque si El Diario estuviera sometido a la recolección de pauta privada y al precio de tapa, no duraría ni una semana.